Abandonar la psicoterapia; zarpar desde un puerto seguro

(Reflexión dedicada a quienes «abandonan» su proceso terapéutico… Y a sus terapeutas).

Hay momentos , hay procesos que acaban y se cierran sin que nos demos cuenta, como la vida misma, pues se traslapan otros por comenzar. El frío del invierno no acaba de un día a otro para dar paso a la primavera de manera súbita.

Así los procesos terapéuticos también.

Cuando alguien deja de asistir a su espacio terapéutico no necesariamente es por lo que pasó la última sesión, por lo que se dijo o no se quiso decir.

Lxs pacientes migran porque es pulsión de vida, porque de una u otra manera se han fortalecido de manera tal que ya no necesitan contar al terapeuta dentro de sus herramientas o estrategias de afrontamiento del día a día, o del rememorar día a día.

Por eso dicen que el análisis es interminable… Porque la vida lo es. Y resulta obvio que no siempre debe de fluir en un diván, en un consultorio, ni con la misma compañía terapéutica.

Se vale cambiar, se vale permanecer. Lo que no se vale es permanecer sin cambio. Eso es antinatura.

Muchas personas acaban su proceso sin que haya sido mencionado por el/la terapeuta. Sin que haya sido enunciado por alguien más y, simple y sencillamente, su vida, su intuición les dice que es momento de partir de caminar por otros rumbos.

Y eso está bien. Ayuda a crecer, ayuda a trascender, ayuda a seguir caminando por los propios senderos por trazar.

Estaría aún mejor si la/el terapeuta, o quien les acompañó, les hubiera podido decir que ese era un momento de transición, que ese espacio, esa parte del proceso había acabado y que era momento de migrar, de dar pie a lo nuevo, a sabiendas de que podrían regresar cuando lo necesitaran, cuando quisieran, a este espacio seguro de introspección y sanación.

Así, seguramente, la persona no sentiría que no acabó su trabajo personal, así  le daría el valor a su proceso, a su tiempo, en su momento. Incluso a quien les acompañó en ese crecer, desde la escucha y el trabajo profesional.

Sabría que es momento de trabajar otras cosas, otras áreas, desde otros ángulos, a veces en compañía de un/a profesional, a veces en compañía sólo de sus amores, a veces en compañía de la naturaleza, o de su introspección a solas.

Pero es otro momento. Y nombrarlo como tal le permitiría saber que se cierra ese proceso, que cicatriza esa herida, que ese ciclo llega a su fin y que al mismo tiempo se están abriendo otros y, por lo tanto, podría honrar su paso y aprendizajes por el espacio terapéutico sin la culpa, sin el miedo de haber sentido que abandonó, sino sabiendo que siguió caminando hacia un mejor destino, hacia su propio destino.

Valorando todo lo ya caminado, lo ya aprendido.

Porque también de eso se trata la resiliencia: de saber que ya afrontamos algo, que ya nos fortalecimos y que nos estamos preparando para lo que vendrá. Por eso es importante dar un momento para valorar el cierre de lo vivido, para nombrar el fin de la lección y «el paso a la siguiente unidad», saber y reconocer el paso por ese espacio como necesario para la sanación, el aprendizaje y autoconocimiento, como un reto ya afrontado, y saber que estamos ahora en el camino a lo que nos espera, a nuevos retos, a nuevas decisiones, sin la duda de dar el siguiente paso porque sabemos el ya dado está bien cimentado.

Eso, nombrar eso, también es ser tutor o tutora resiliente, saber decir adiós y desear el mejor de los éxitos y disfrutar en la vida. Acompañar a zarpar desde un puerto seguro.

Hacer ese ritual de cierre, nombrarlo, es honrarlo. Visibilizar cada paso. Darle su importancia sin negar el que se pueda regresar a ese tema, desde otro lugar, con otras herramientas y otra significación.

Los procesos terminan y se traslapan con otros que inician. Como las estaciones del año, como las etapas de la vida.

Enunciarlos es honrarlos, pero la primavera siempre llegará aunque no se le nombre en voz alta.

Y eso está bien.

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